Retales

sábado, 16 de abril de 2011

Tierra inhóspita-

Tierra Inhóspita. Anna

El amanecer emergía diligente por el horizonte, y pronto la luz potente y abrasadora del astro rey, gobernaría sin piedad desde lo alto del firmamento aquella tierra de denso follaje selvático impenetrable. Un lugar colmado de efluvios putrefactos; de vaporosas nubes de humedad bochornosa e irrespirable; de ejércitos de mosquitos hostigadores; de aguas infestadas de pirañas; de primitivos salvajes y antropófagos; de colonos corrompidos por la lujuria y la avaricia…Nunca habría imaginado que el reino de Satanás podría estar tan al alcance de nuestra mano.

Mientras aguardaba a que mi ilustrísimo señor, Don Francisco de Orellana― distinguido gobernador de Santiago de Guayaquil y de la nueva villa de Puerto Viejo―, viniera a liberarme de este desafortunado embeleco, advertí con el único ojo que me quedaba, haces de luz ambarina acariciando los barrotes de la diminuta abertura de mi celda. La humedad latente entre montones de paja podrida se iba infiltrando con sigilo por el interior de mi cuerpo herido y en claro estado de descomposición. Estaba seguro de que no sobreviviría un día más en estas condiciones. Llevaba más de tres infaustas semanas recluido entre aquellas cuatro paredes, aspirando aquel aroma fétido y malsano, soportando agravios contra mí persona aún con la total cognición de mí lealtad hacía nuestro auténtico soberano, Francisco Pizarro. En aquel lugar, la muerte con el rostro velado, se asomaba a cada minuto por las celdas, llevándose las almas de los presos rumbo al purgatorio, y a la espera de ser juzgadas por nuestro Señor Jesucristo. Mi alma, por supuesto, aún no le había llegado dicha hora, o eso ansiaba creer.

Todavía quedaban rescoldos de la dura y brutal batalla perpetrada por ese infame y usurpador de Diego de Almagro. Una contienda bautizada con el nombre de la batalla de las Salinas, y donde se dieron muerte miles de cristianos españoles. Recuerdo la nube de aire corrompido de la descomposición de los cuerpos, recorriendo con su hálito mortífero, los helechos verdes que rodeaban el Cuzco; la lluvia de machetes partiendo en dos las cabezas de mis compatriotas; destacamentos de fieros vasallos derribando con sus lanzas afiladas las trincheras enemigas…Sin duda aquella indómita tierra, junto con su infernal jungla, nos arrastró a todos al inframundo. Ganamos, pero pagando un alto precio. Perdí el ojo derecho, tres dedos de la mano zurda, y la libertad en un instante. Fui acusado y encarcelado bajo la orden de alta traición. Eran tiempos de confusión y de demencia; aunque tenía por seguro que detrás de todo esta insidia se escudaba Miguel Palacios, una alimaña con aspiraciones a lugarteniente. Por suerte, todavía contaba con el beneplácito de mi capitán, Don Francisco Orellana, un hombre de carácter emprendedor y generoso, con el que había tenido el honor de luchar en innumerables contiendas. Él aclararía todo, no me cabía duda. Sólo rezaba para que fuera pronto. No aguantaría mucho más.

Corría por las galerías de aquel cubito putrefacto, el rumor de que Diego de Almagro había sido apresado y sentenciado a muerte, y supe en ese instante, que mi destino no tardaría en ser fraguado por los responsables de mi arresto. No pasaron horas hasta escuchar los gritos eufóricos de mis paisanos en la plaza mayor, exigiendo la cabeza de Diego de Almagro. Se oían las suplicas del prisionero por cada recoveco de la prisión. Imploraba por su vida, por su antigua alianza, pero Hernando Pizarro, hermano del autentico señor de Perú, omitió sus ruegos expresándole sendas palabras:

Sois caballero y tenéis un nombre ilustre; no mostréis flaqueza; me maravillo que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte. Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio.

Al amanecer del día ocho de julio de 1538 de nuestro Señor, Diego de Almagro, murió por estrangulamiento de torniquete, y posteriormente y a petición de la muchedumbre, decapitado en la plaza mayor del Cuzco. Su fiel sirvienta, Malgarida, tomó el cadáver del que había sido su amo, y lo enterró en la iglesia de la Merced.

Esa noche no pude conciliar el sueño.

Transcurrieron varias horas―que a mí me parecieron días―, a la espera de mi liberación. En efecto, Francisco de Orellana se reunió con su pariente, Francisco Pizarro, para esclarecer dicha artimaña.

.

Ejercicio Cuatro: Género Realista e Histórico.

Anna Domènech.

Escritura Creativa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario