Retales

sábado, 16 de abril de 2011

Ritual


El viento frío y helado me revuelve los cabellos, los enrosca de tal modo que mi melena castaña acaba convirtiéndose en una maraña enredada. Sus ráfagas fuertes azotan mi rostro y mí cuerpo con tanta violencia que acabo perdiendo el equilibrio. Por un momento me tambaleo, pero logro agarrarme con firmeza a la roca en la que estoy situada: es la misma roca donde hace cinco años despedimos a la abuela. El mar esta revuelto, embravecido. Hoy, sin duda, será complicado llevar a cabo el ritual; sin embargo, no puedo aplazarlo. No tengo otra elección.

Noto que las manos me tiemblan, que los músculos se tensan y que mi corazón palpita a un ritmo vertiginoso. Ya es la hora. Respiro hondo y retengo el aire durante unos segundos en los pulmones. Concentro todos mis sentidos fuertemente. Extiendo los brazos hacia los lados y los alzo por encima de mi cabeza. Las manos permanecen abiertas. A continuación, permito que el aire salga a través de mi boca muy lentamente, manteniendo en todo momento los ojos cerrados, concentrando toda mi energía en los sentidos. Es una sensación poderosa la que me embarga en este instante. Noto que el viento cesa y se apacigua hasta convertirse en una dulce brisa, el mar acalla aquel rugido ensordecedor. Abro los ojos y miro hacia el horizonte, hacia la línea que separa el cielo de la tierra: en el punto exacto por donde saldrá el sol. Aguardo unos minutos hasta que por fin capto el primer destello anaranjado que emerge de entre las aguas. Sus dedos pronto me alcanzan y penetran en mi cuerpo desnudo. Recorren cada centímetro de mi piel, bañándola con su color dorado, dotándola de energía regeneradora hasta que logran alcanzar el punto en el que posar su magnánimo poder. Entonces ese cosquilleo delicioso se detiene justo en la zona lumbar. Noto como los destellos con su forma incorpórea e ingrávida se agrupan unos contra otros provocando que la piel se me erice. En un segundo forman una masa sólida que se adhiere contra mi piel y la pellizca y la esculpe con trazos delicados, tatuando su símbolo, su insignia del color del oro: la marca que me distingue de los demás.

La que me convierte en un ser único y especial.

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