ISABEL
La primera vez que vi el mar me emocioné. Me quedé tan fascinada al observar el vaivén de sus aguas tranquilas bajo el cielo crepuscular; la intensidad de su fragancia salada en mi nariz; la brisa aterciopelada acariciándome la piel, que por un instante, olvidé el motivo real de nuestro encuentro:
Sobre aquel peñasco de piedras irregulares y resbaladizas, a tan solo unos centímetros del agua, y bajo un ambarino horizonte, sostuve contra mí pecho la oscura urna de cerámica que contenía los restos de mi abuela. Lucía con voz ahogada y lágrimas en los ojos, recitó uno de sus maravillosos poemas.
No sé si fue por obra del entorno, o las bellas palabras, o tal vez, el cúmulo de emociones y sentimientos aglomerados dentro de mi pecho, pero ese momento se convirtió en un instante mágico. Un segundo durante el cual el tiempo se detuvo, y el mundo dejó de girar sobre sí mismo, permitiendo que tuviera lugar esa milagrosa unión entre el cielo y la tierra. Fue sorprendente, sobrenatural; como si la misma naturaleza cooperara en el tránsito de mi abuela hacia el mundo celestial, o eso quise creer en ese momento: una sucesión de sentimientos y emociones discordantes oprimían considerablemente mi corazón, impidiéndome respirar.
Aún no me había hecho a la idea de que ella ya no existía, que se había ido. Que me había quedado sola. Y que a partir ese instante tendría que emprender un nuevo camino: ¿cómo iba a lograrlo? Aún era una niña, una adolescente con las hormonas descontroladas. Una chica de diecisiete años con un futuro ambiguo e incierto, impreciso. Luego estaba esa sensación de que las cosas retornaban a su sitio. Que la naturaleza seguía su curso y que ella, mi querida abuela, estaba en paz. Y eso me reconfortaba; aunque fuera triste y melancólico el hecho de que ya nunca más formaría parte de mi vida, sólo de mi pasado y de mis recuerdos. Y en cierto modo me alentaba pensar que ella, de cierta manera, movía los hilos del destino, orquestándolos a su antojo, tejiendo un nuevo comienzo para mí. Con un nuevo hogar donde vivir. Con un futuro lleno de posibilidades y oportunidades...Un nuevo tiempo: una nueva vida.
Sumida entre mis reflexiones, manteniéndome aferrada a la urna y siendo testigo de cómo mi mundo se desmoronaba y se construía ante mí, finalmente, con el dolor por la pérdida carcomiéndome el corazón, y entre sollozos, Lucía y yo, las dos únicas personas unidas a Isabel Ayala, esparcimos sus cenizas en la inmensidad del mar. Fue un momento intenso, donde el desconsuelo y la desolación alcanzaron su punto culminante. Un triste final para una mujer que lo fue todo para mí. Una mujer que luchó con todas sus fuerzas contra el cáncer; y que a pesar de la crudeza con la que la vida la había tratado, logró ser feliz y hacerme feliz. Una mujer que jamás sucumbió ante las adversidades de su propio destino; que me enseñó todo lo que la vida podía ofrecer. Una mujer que me instó a tener coraje y a no temer a lo desconocido; que me amó por encima de todo, y que emprendió una única misión―incluso ante el umbral de la muerte―, la más importante de su vida: protegerme, y alejarme de lo que el destino tenía en mente para mí.
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