Retales

sábado, 16 de abril de 2011

ISABEL

La primera vez que vi el mar me emocioné. Me quedé tan fascinada al observar el vaivén de sus aguas tranquilas bajo el cielo crepuscular; la intensidad de su fragancia salada en mi nariz; la brisa aterciopelada acariciándome la piel, que por un instante, olvidé el motivo real de nuestro encuentro:

Sobre aquel peñasco de piedras irregulares y resbaladizas, a tan solo unos centímetros del agua, y bajo un ambarino horizonte, sostuve contra mí pecho la oscura urna de cerámica que contenía los restos de mi abuela. Lucía con voz ahogada y lágrimas en los ojos, recitó uno de sus maravillosos poemas.

No sé si fue por obra del entorno, o las bellas palabras, o tal vez, el cúmulo de emociones y sentimientos aglomerados dentro de mi pecho, pero ese momento se convirtió en un instante mágico. Un segundo durante el cual el tiempo se detuvo, y el mundo dejó de girar sobre sí mismo, permitiendo que tuviera lugar esa milagrosa unión entre el cielo y la tierra. Fue sorprendente, sobrenatural; como si la misma naturaleza cooperara en el tránsito de mi abuela hacia el mundo celestial, o eso quise creer en ese momento: una sucesión de sentimientos y emociones discordantes oprimían considerablemente mi corazón, impidiéndome respirar.

Aún no me había hecho a la idea de que ella ya no existía, que se había ido. Que me había quedado sola. Y que a partir ese instante tendría que emprender un nuevo camino: ¿cómo iba a lograrlo? Aún era una niña, una adolescente con las hormonas descontroladas. Una chica de diecisiete años con un futuro ambiguo e incierto, impreciso. Luego estaba esa sensación de que las cosas retornaban a su sitio. Que la naturaleza seguía su curso y que ella, mi querida abuela, estaba en paz. Y eso me reconfortaba; aunque fuera triste y melancólico el hecho de que ya nunca más formaría parte de mi vida, sólo de mi pasado y de mis recuerdos. Y en cierto modo me alentaba pensar que ella, de cierta manera, movía los hilos del destino, orquestándolos a su antojo, tejiendo un nuevo comienzo para mí. Con un nuevo hogar donde vivir. Con un futuro lleno de posibilidades y oportunidades...Un nuevo tiempo: una nueva vida.

Sumida entre mis reflexiones, manteniéndome aferrada a la urna y siendo testigo de cómo mi mundo se desmoronaba y se construía ante mí, finalmente, con el dolor por la pérdida carcomiéndome el corazón, y entre sollozos, Lucía y yo, las dos únicas personas unidas a Isabel Ayala, esparcimos sus cenizas en la inmensidad del mar. Fue un momento intenso, donde el desconsuelo y la desolación alcanzaron su punto culminante. Un triste final para una mujer que lo fue todo para mí. Una mujer que luchó con todas sus fuerzas contra el cáncer; y que a pesar de la crudeza con la que la vida la había tratado, logró ser feliz y hacerme feliz. Una mujer que jamás sucumbió ante las adversidades de su propio destino; que me enseñó todo lo que la vida podía ofrecer. Una mujer que me instó a tener coraje y a no temer a lo desconocido; que me amó por encima de todo, y que emprendió una única misión―incluso ante el umbral de la muerte―, la más importante de su vida: protegerme, y alejarme de lo que el destino tenía en mente para mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario