Retales

sábado, 16 de abril de 2011

Retales

Retales

Siempre he tenido la convicción de que las cosas nunca son lo que parecen, que bajo la corteza en la que están envueltas esconden su verdadera esencia.

A menudo solemos quedarnos con la primera imagen que vemos; si nos complace, si nos da seguridad, nos damos por satisfechos. Nunca escarbamos por miedo a que esa imagen, ese espejismo que nos deslumbra, se desvanezca como una pompa de jabón. La razón: somos de naturaleza frágil y necesitamos controlar todo lo que nos rodea. Necesitamos: seguridad. Esa seguridad que nos hace valerosos, que nos guía a través de la oscuridad, que nos aporta estabilidad. Sin embargo, esa primera imagen tiende a ser falsa, una mentira que vivimos como si fuera auténtica, y nos aferramos a ella con todas nuestras fuerzas en un intento por doblegar esa flaqueza que nos convierte en seres débiles y pusilánimes, y que nos conduce al fracaso: originando que nuestro mundo se rompa en mil pedazos.

Mi mundo se hizo añicos el día que mi madre me dejó abandonada a los ocho años en un internado para señoritas; sin explicaciones, sin una estúpida excusa con la que entender aquella súbita decisión. Los primeros meses fueron terribles; no me adapté bien, y mis compañeras, (niñas bien con problemas disciplinarios) se metían conmigo continuamente. Me convertí en una persona retraída, antisocial y rebelde: solían azotarme debido a mi mal comportamiento. Cada latigazo, cada insulto, cada humillación que soporté solo contribuyó a que esa coraza que me estaba forjando, se endureciera más y más, hasta llegar a no sentir nada. Y nada es lo que se fue alijando en mi corazón, en mi alma, ni siquiera un atisbo de rabia, de odio, de rencor…Absolutamente nada.

El tiempo transcurrió lento dentro de aquel nido de víboras, y jamás tuve noticias de mi madre; ni una simple felicitación por navidad o mi cumpleaños, sólo silencio. Un silencio que se convirtió en mi fiel compañero durante el día y parte de la noche; unas noches en las que me pregunté millones de veces la razón por la cual ella decidió deshacerse de mí. Sin embargo, en lugar de respuestas sólo hallé silencio; el mismo silencio que me obligó a olvidarla, a dejar de lado el amor que un día sentí hacia ella, y a borrar todos aquellos recuerdos que un día fueron reales. Pero hoy, el día de mi décimo octavo cumpleaños, el día en el que abandonaría este lugar para siempre, aquel monótono silencio cambió…

Ritual


El viento frío y helado me revuelve los cabellos, los enrosca de tal modo que mi melena castaña acaba convirtiéndose en una maraña enredada. Sus ráfagas fuertes azotan mi rostro y mí cuerpo con tanta violencia que acabo perdiendo el equilibrio. Por un momento me tambaleo, pero logro agarrarme con firmeza a la roca en la que estoy situada: es la misma roca donde hace cinco años despedimos a la abuela. El mar esta revuelto, embravecido. Hoy, sin duda, será complicado llevar a cabo el ritual; sin embargo, no puedo aplazarlo. No tengo otra elección.

Noto que las manos me tiemblan, que los músculos se tensan y que mi corazón palpita a un ritmo vertiginoso. Ya es la hora. Respiro hondo y retengo el aire durante unos segundos en los pulmones. Concentro todos mis sentidos fuertemente. Extiendo los brazos hacia los lados y los alzo por encima de mi cabeza. Las manos permanecen abiertas. A continuación, permito que el aire salga a través de mi boca muy lentamente, manteniendo en todo momento los ojos cerrados, concentrando toda mi energía en los sentidos. Es una sensación poderosa la que me embarga en este instante. Noto que el viento cesa y se apacigua hasta convertirse en una dulce brisa, el mar acalla aquel rugido ensordecedor. Abro los ojos y miro hacia el horizonte, hacia la línea que separa el cielo de la tierra: en el punto exacto por donde saldrá el sol. Aguardo unos minutos hasta que por fin capto el primer destello anaranjado que emerge de entre las aguas. Sus dedos pronto me alcanzan y penetran en mi cuerpo desnudo. Recorren cada centímetro de mi piel, bañándola con su color dorado, dotándola de energía regeneradora hasta que logran alcanzar el punto en el que posar su magnánimo poder. Entonces ese cosquilleo delicioso se detiene justo en la zona lumbar. Noto como los destellos con su forma incorpórea e ingrávida se agrupan unos contra otros provocando que la piel se me erice. En un segundo forman una masa sólida que se adhiere contra mi piel y la pellizca y la esculpe con trazos delicados, tatuando su símbolo, su insignia del color del oro: la marca que me distingue de los demás.

La que me convierte en un ser único y especial.

ISABEL

La primera vez que vi el mar me emocioné. Me quedé tan fascinada al observar el vaivén de sus aguas tranquilas bajo el cielo crepuscular; la intensidad de su fragancia salada en mi nariz; la brisa aterciopelada acariciándome la piel, que por un instante, olvidé el motivo real de nuestro encuentro:

Sobre aquel peñasco de piedras irregulares y resbaladizas, a tan solo unos centímetros del agua, y bajo un ambarino horizonte, sostuve contra mí pecho la oscura urna de cerámica que contenía los restos de mi abuela. Lucía con voz ahogada y lágrimas en los ojos, recitó uno de sus maravillosos poemas.

No sé si fue por obra del entorno, o las bellas palabras, o tal vez, el cúmulo de emociones y sentimientos aglomerados dentro de mi pecho, pero ese momento se convirtió en un instante mágico. Un segundo durante el cual el tiempo se detuvo, y el mundo dejó de girar sobre sí mismo, permitiendo que tuviera lugar esa milagrosa unión entre el cielo y la tierra. Fue sorprendente, sobrenatural; como si la misma naturaleza cooperara en el tránsito de mi abuela hacia el mundo celestial, o eso quise creer en ese momento: una sucesión de sentimientos y emociones discordantes oprimían considerablemente mi corazón, impidiéndome respirar.

Aún no me había hecho a la idea de que ella ya no existía, que se había ido. Que me había quedado sola. Y que a partir ese instante tendría que emprender un nuevo camino: ¿cómo iba a lograrlo? Aún era una niña, una adolescente con las hormonas descontroladas. Una chica de diecisiete años con un futuro ambiguo e incierto, impreciso. Luego estaba esa sensación de que las cosas retornaban a su sitio. Que la naturaleza seguía su curso y que ella, mi querida abuela, estaba en paz. Y eso me reconfortaba; aunque fuera triste y melancólico el hecho de que ya nunca más formaría parte de mi vida, sólo de mi pasado y de mis recuerdos. Y en cierto modo me alentaba pensar que ella, de cierta manera, movía los hilos del destino, orquestándolos a su antojo, tejiendo un nuevo comienzo para mí. Con un nuevo hogar donde vivir. Con un futuro lleno de posibilidades y oportunidades...Un nuevo tiempo: una nueva vida.

Sumida entre mis reflexiones, manteniéndome aferrada a la urna y siendo testigo de cómo mi mundo se desmoronaba y se construía ante mí, finalmente, con el dolor por la pérdida carcomiéndome el corazón, y entre sollozos, Lucía y yo, las dos únicas personas unidas a Isabel Ayala, esparcimos sus cenizas en la inmensidad del mar. Fue un momento intenso, donde el desconsuelo y la desolación alcanzaron su punto culminante. Un triste final para una mujer que lo fue todo para mí. Una mujer que luchó con todas sus fuerzas contra el cáncer; y que a pesar de la crudeza con la que la vida la había tratado, logró ser feliz y hacerme feliz. Una mujer que jamás sucumbió ante las adversidades de su propio destino; que me enseñó todo lo que la vida podía ofrecer. Una mujer que me instó a tener coraje y a no temer a lo desconocido; que me amó por encima de todo, y que emprendió una única misión―incluso ante el umbral de la muerte―, la más importante de su vida: protegerme, y alejarme de lo que el destino tenía en mente para mí.

Tierra inhóspita-

Tierra Inhóspita. Anna

El amanecer emergía diligente por el horizonte, y pronto la luz potente y abrasadora del astro rey, gobernaría sin piedad desde lo alto del firmamento aquella tierra de denso follaje selvático impenetrable. Un lugar colmado de efluvios putrefactos; de vaporosas nubes de humedad bochornosa e irrespirable; de ejércitos de mosquitos hostigadores; de aguas infestadas de pirañas; de primitivos salvajes y antropófagos; de colonos corrompidos por la lujuria y la avaricia…Nunca habría imaginado que el reino de Satanás podría estar tan al alcance de nuestra mano.

Mientras aguardaba a que mi ilustrísimo señor, Don Francisco de Orellana― distinguido gobernador de Santiago de Guayaquil y de la nueva villa de Puerto Viejo―, viniera a liberarme de este desafortunado embeleco, advertí con el único ojo que me quedaba, haces de luz ambarina acariciando los barrotes de la diminuta abertura de mi celda. La humedad latente entre montones de paja podrida se iba infiltrando con sigilo por el interior de mi cuerpo herido y en claro estado de descomposición. Estaba seguro de que no sobreviviría un día más en estas condiciones. Llevaba más de tres infaustas semanas recluido entre aquellas cuatro paredes, aspirando aquel aroma fétido y malsano, soportando agravios contra mí persona aún con la total cognición de mí lealtad hacía nuestro auténtico soberano, Francisco Pizarro. En aquel lugar, la muerte con el rostro velado, se asomaba a cada minuto por las celdas, llevándose las almas de los presos rumbo al purgatorio, y a la espera de ser juzgadas por nuestro Señor Jesucristo. Mi alma, por supuesto, aún no le había llegado dicha hora, o eso ansiaba creer.

Todavía quedaban rescoldos de la dura y brutal batalla perpetrada por ese infame y usurpador de Diego de Almagro. Una contienda bautizada con el nombre de la batalla de las Salinas, y donde se dieron muerte miles de cristianos españoles. Recuerdo la nube de aire corrompido de la descomposición de los cuerpos, recorriendo con su hálito mortífero, los helechos verdes que rodeaban el Cuzco; la lluvia de machetes partiendo en dos las cabezas de mis compatriotas; destacamentos de fieros vasallos derribando con sus lanzas afiladas las trincheras enemigas…Sin duda aquella indómita tierra, junto con su infernal jungla, nos arrastró a todos al inframundo. Ganamos, pero pagando un alto precio. Perdí el ojo derecho, tres dedos de la mano zurda, y la libertad en un instante. Fui acusado y encarcelado bajo la orden de alta traición. Eran tiempos de confusión y de demencia; aunque tenía por seguro que detrás de todo esta insidia se escudaba Miguel Palacios, una alimaña con aspiraciones a lugarteniente. Por suerte, todavía contaba con el beneplácito de mi capitán, Don Francisco Orellana, un hombre de carácter emprendedor y generoso, con el que había tenido el honor de luchar en innumerables contiendas. Él aclararía todo, no me cabía duda. Sólo rezaba para que fuera pronto. No aguantaría mucho más.

Corría por las galerías de aquel cubito putrefacto, el rumor de que Diego de Almagro había sido apresado y sentenciado a muerte, y supe en ese instante, que mi destino no tardaría en ser fraguado por los responsables de mi arresto. No pasaron horas hasta escuchar los gritos eufóricos de mis paisanos en la plaza mayor, exigiendo la cabeza de Diego de Almagro. Se oían las suplicas del prisionero por cada recoveco de la prisión. Imploraba por su vida, por su antigua alianza, pero Hernando Pizarro, hermano del autentico señor de Perú, omitió sus ruegos expresándole sendas palabras:

Sois caballero y tenéis un nombre ilustre; no mostréis flaqueza; me maravillo que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte. Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio.

Al amanecer del día ocho de julio de 1538 de nuestro Señor, Diego de Almagro, murió por estrangulamiento de torniquete, y posteriormente y a petición de la muchedumbre, decapitado en la plaza mayor del Cuzco. Su fiel sirvienta, Malgarida, tomó el cadáver del que había sido su amo, y lo enterró en la iglesia de la Merced.

Esa noche no pude conciliar el sueño.

Transcurrieron varias horas―que a mí me parecieron días―, a la espera de mi liberación. En efecto, Francisco de Orellana se reunió con su pariente, Francisco Pizarro, para esclarecer dicha artimaña.

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Ejercicio Cuatro: Género Realista e Histórico.

Anna Domènech.

Escritura Creativa.