Retales
Siempre he tenido la convicción de que las cosas nunca son lo que parecen, que bajo la corteza en la que están envueltas esconden su verdadera esencia.
A menudo solemos quedarnos con la primera imagen que vemos; si nos complace, si nos da seguridad, nos damos por satisfechos. Nunca escarbamos por miedo a que esa imagen, ese espejismo que nos deslumbra, se desvanezca como una pompa de jabón. La razón: somos de naturaleza frágil y necesitamos controlar todo lo que nos rodea. Necesitamos: seguridad. Esa seguridad que nos hace valerosos, que nos guía a través de la oscuridad, que nos aporta estabilidad. Sin embargo, esa primera imagen tiende a ser falsa, una mentira que vivimos como si fuera auténtica, y nos aferramos a ella con todas nuestras fuerzas en un intento por doblegar esa flaqueza que nos convierte en seres débiles y pusilánimes, y que nos conduce al fracaso: originando que nuestro mundo se rompa en mil pedazos.
Mi mundo se hizo añicos el día que mi madre me dejó abandonada a los ocho años en un internado para señoritas; sin explicaciones, sin una estúpida excusa con la que entender aquella súbita decisión. Los primeros meses fueron terribles; no me adapté bien, y mis compañeras, (niñas bien con problemas disciplinarios) se metían conmigo continuamente. Me convertí en una persona retraída, antisocial y rebelde: solían azotarme debido a mi mal comportamiento. Cada latigazo, cada insulto, cada humillación que soporté solo contribuyó a que esa coraza que me estaba forjando, se endureciera más y más, hasta llegar a no sentir nada. Y nada es lo que se fue alijando en mi corazón, en mi alma, ni siquiera un atisbo de rabia, de odio, de rencor…Absolutamente nada.
El tiempo transcurrió lento dentro de aquel nido de víboras, y jamás tuve noticias de mi madre; ni una simple felicitación por navidad o mi cumpleaños, sólo silencio. Un silencio que se convirtió en mi fiel compañero durante el día y parte de la noche; unas noches en las que me pregunté millones de veces la razón por la cual ella decidió deshacerse de mí. Sin embargo, en lugar de respuestas sólo hallé silencio; el mismo silencio que me obligó a olvidarla, a dejar de lado el amor que un día sentí hacia ella, y a borrar todos aquellos recuerdos que un día fueron reales. Pero hoy, el día de mi décimo octavo cumpleaños, el día en el que abandonaría este lugar para siempre, aquel monótono silencio cambió…